Sofía M., 28 años, trabaja hace 3 años en una cafetería en el barrio de Palermo, Ciudad de Buenos Aires. Aquí nos cuenta sus rutinas, desafíos diarios y lo que más le cuesta del oficio.
P. ¿Cómo es un día típico para vos?
Sofía: Me levanto a las 5:45 de la mañana — el ruido del metro ya empieza, la ciudad se despabila. Antes de salir de casa chequeo el teléfono, preparo mentalmente todo. Me aseguro de que suene bien el despertador — no puedo confiar en que sólo el móvil me despierte. Trabajo de pie casi todo el turno, preparo cafés, lattes, cappuccinos, atendo la barra, limpio máquinas, cambio filtros… Cuando pasa la mañana siento que mis pies ya llevan un buen recorrido.
P. ¿Cuál es la parte más difícil?
Sofía: El trabajo físico y mental al mismo tiempo. Tenés que estar súper atenta — medir la molienda, calibrar el espresso, estar siempre amable con el cliente, mientras mantenés la barra ordenada y limpia. Si viene una fila larga, el café se acumula, se presiona el grupo, el ritmo se acelera. Y además estás de pie mínimo seis, siete horas. Por eso elegir un buen par de zapatos cómodos fue clave para mí. Si no, terminás con los pies hechos polvo.

P. ¿Y en lo emocional cómo lo vivís?
Sofía: Hay días lindos — vos ves que alguien entra con sueño, pide su café de siempre y ese aroma lo despierta, lo alegra, eso es mágico. Pero también hay días complicados: clientes impacientes, comandas largas, maquinas que fallan justo cuando más gente hay… Y cuando terminás el turno, volvés a casa agotada. El subte, el colectivo o caminar hasta ahí, y pensás “mañana arranco de nuevo”.
P. ¿Qué hacés para sobrellevar esos desafíos?
Sofía: Intento compensar con pequeños rituales. Me gusta levantarme unos minutos antes para tomar un té tranquilo, escuchar música mientras me alisto. Y en la tarde, después del trabajo, intento caminar por Palermo, tomar aire, hacer algo que no tenga que ver con café. También duermo con regularidad: tener un buen reloj despertador que me saque del móvil ayuda, porque al menos sé que no me acosté con mil notificaciones.
Además, como estamos en Buenos Aires, el ritmo de la ciudad nunca para: siendo barista uno está conectado con ese pulso — desde el café de la mañana hasta el cierre de la tarde.
P. ¿Qué consejos le darías a alguien que quiere dedicarse a esto?
Sofía: Primero: que ame el café, que quiera aprender. Porque no es solamente tomar café, es saber cómo se hace, por qué el espresso tiene que salir en “x” segundos, por qué la leche se espuma de manera particular. Segundo: que cuiden su cuerpo — estar mucho de pie, mover pesos, limpiar, agacharse. Buen calzado, postura, estiramientos al final del día. Tercero: que sepan que hay días de gloria — atendés al cliente que dice “este es el mejor latte que tomé” — pero también días de cansancio. Si lo hacés por pasión, se puede.
P. ¿Y qué es lo que más te encanta de tu trabajo?
Sofía: Ver la cara de alguien cuando le servís un café con arte latte, ver que lo disfruta, que se relaja. También la camaradería con mis compañeros de turno, ese equipo que está en barras y mesas, juntos. Y claro, que estoy en una ciudad increíble que jamás se detiene, y el café es parte de eso.